Desde pequeña me ha gustado hacer listas de cosas; de los lugares en los que he estado, de los museos que quiero visitar, de mis palabras favoritas o de las películas que he visto. Por supuesto, hace años tenía la costumbre (que ya abandoné) de llevar la cuenta de los libros leídos. Pero, a pesar de ello, sigo haciendo listas con libros: de títulos que quiero comprar, de novedades que igual debo leer, de libros que tengo que investigar o de descubrimientos que hago durante la lectura que trato imperiosamente de conseguir. Tengo una pequeña agenda que siempre llevo encima donde las escribo y, aun así, cientos de pequeños papeles de todas las formas y tamaños se me acumulan en bolsillos, carteras y bolsos con un montón de autores que, a veces, ni recuerdo cuándo y por qué apunté.

Trabajar de librera no ha hecho más que aumentar esta manía. Por ello, en lo que podría ser ya la cumbre del absurdo, trato de aunar todo ese maremágnum al llegar a mi casa y a mi biblioteca en una gran lista ordenada de próximas lecturas con la que siempre fracaso estrepitosamente, porque al parecer mi naturaleza tiende a la anarquía lectora y no al orden.

Una de las razones por las que no consigo seguir a rajatabla esta especie de TOC que no puedo abandonar (moriré sepultada bajo mil papelitos con cientos de miles de títulos de libros) son las obsesiones. Todo el mundo que me conoce personalmente o que lee mi cuenta de Twitter sabe de esto: hay veces que me obsesiono con un tema y paso meses e incluso años leyendo e investigando sobre ello. ¿Para un posible artículo, quizás? ¿Para un libro? ¿Una conferencia? En realidad, para absolutamente nada rentable, que diría mi madre con un gesto de resignación: solo por el simple hecho de saber más.

Ser librera ha reforzado antiguas y alimentado nuevas obsesiones. La primera de mi vida fue Homero. Cuando era pequeña mi padre solía contarme historias de La Ilíada y La Odisea todas las noches, antes de dormir. A mí me fascinaba el episodio de Ulises atado en el mástil del barco escuchando el canto de las sirenas, o el ardid para escapar de la cueva de Polifemo. En cuanto me enseñaron a utilizar la biblioteca del barrio iba con mi madre a coger libros sobre la guerra de Troya y el poeta ciego. En el instituto, decidí escoger la rama de letras puras para poder estudiar griego y traducirlo. Por Homero, me especialicé en Historia Antigua y luego se me ocurrió la feliz idea de estudiar Filología Clásica en vez de sacarme el doctorado. A día de hoy, esta obsesión sigue acompañándome a todas partes. Compro cualquier ensayo, adaptación, versión infantil, lo que sea de la obra de Homero y que trate sobre él que cae en mis manos.

Mi siguiente gran pasión fue y es lord Byron. Ni siquiera sé muy bien cómo, dónde o cuándo leí algo relacionado con el poeta inglés por primera vez, pero creo recordar (y me parece que no ando equivocada) que la culpa de este amor que me persigue desde hace décadas es de Tim Powers y Las Puertas de Anubis, novela que leí con once años en una edición de Martínez Roca. Lo que sí recuerdo bien es la adolescencia que pasé, acosando a mis profesores de Literatura para saber más sobre ese escritor que, para mí, era la encarnación del Romanticismo en persona. Gasté todos mis ahorros en comprar cualquier cosa que pudiera encontrar de su obra, aunque entonces ni la entendiera; estudios sobre su figura, sobre los Shelley, Polidori y aquel verano que nunca llegó en Villa Diodati. Me fotocopié todos sus poemas que pude encontrar en la biblioteca y los colgué de las paredes de mi habitación, imprimí su rostro de la Encarta y me hice un precioso cuadro con él y con mis versos favoritos del Manfred. Y, por supuesto, leí cualquier novela contemporánea con Byron como protagonista lo que, en una carambola curiosa de la vida, me llevó con dieciséis años a leer El señor de los muertos y descubrir al que, años más tarde, sería mi historiador de la Antigüedad favorito, Tom Holland. Y aquí seguimos, dos décadas después. Buscando su huella en viajes, países, lugares, películas; en librerías de viejo, en las mismas obras pero diferentes ediciones y traducciones. (¿Y os he contado alguna vez que comí ostras en un restaurante con Tom? ¿Sí? No puede ser…) Dicen que el amor verdadero dura para siempre y me da que algo de razón hay ahí.

Mi última obsesión, por el momento, sigue viniendo de la mano de la poesía y son dos mujeres. Y, aunque de ellas quiero hablar con tranquilidad en otros artículos, no puedo dejar de mencionarlas aquí: son Anna Ajmátova y Marina Tsvietáieva.

Aunque había leído poemas de Ajmátova años atrás, fue una tarde soleada en una plaza de mi ciudad lo que me trajo hasta este punto, cuando mi amiga Marta de Contraescritura nos recitó uno de sus poemas. A veces es una voz, una entonación, un momento y un lugar los que te abren los ojos y el corazón para siempre. El poema formaba parte de la reedición de la antología El canto y la ceniza de ambas escritoras, que Marta acababa de comprar. Y así fue cómo busqué bibliografía sobre sus vidas y leí Memorias. Mi vida con Marina, de Anastasía Tsvietáieva, publicado por Hermida Editores. Un libro que, para mí, va de la mano de El mundo de ayer de Stefan Zweig y de Goethe en Dachau de Nico Rost. Y en apenas unos meses, sin casi darme cuenta, tengo la casa plagada de libros de y sobre ellas. De sus correspondencias, sus amores; de las obras de sus amigos y de sus escritores favoritos.

De esta manera, obsesión tras obsesión, mi hogar se ha ido y se va llenando de libros que quiero leer a la vez y no puedo pero sé que necesito tener. Y, mientras tanto, mi libreta y las listas con otros títulos aguardan, quizás desconsoladas, en los bolsillos o en mi despacho del trabajo. Mientras, los libros apilados en mi mesilla, las novedades de muchos otoños ya pasados, se acumulan en mi biblioteca y en mi mesa de trabajo, esperando su turno.

Pero es que las obsesiones son duras. Exigen toda tu lealtad y atención, o al menos casi toda. Son como una maldición que te persigue por siempre y que, al ser librero, no tiene cura ni remedio. Pero qué oscura, gris, monótona y fea sería la vida sin maldiciones.


Sobre listas y obsesiones was originally published in Papel en Blanco on Medium, where people are continuing the conversation by highlighting and responding to this story.

Source: Papel en blanco. Reseñas literarias.

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