Rivera Nacionalista

El pasado fin de semana Albert Rivera presentaba en sociedad “España Ciudadana“, una plataforma cívica compuesta por diversas personalidades públicas con el ánimo de “volver a estar orgullosos de ser españoles” y “recuperar el prestigio que ha perdido nuestro país”. Las palabras de Rivera fueron ampliamente compartidas en redes sociales, en muchas ocasiones con sentido crítico, por su carácter “nacionalista” y por una exaltación vacía de los valores nacionales.

En su discurso, Rivera incluyó el siguiente fragmento, a la postre convertido en meme: “Recorriendo España yo no veo rojos y azules, veo españoles; no veo jóvenes y mayores, veo españoles; no veo creyentes y agnósticos, veo españoles. Vamos a unirnos para recuperar el orgullo de pertenecer a esta gran nación”. El lanzamiento de “España Ciudadana” culminaba así el largo giro al centro, y hacia el patriotismo español, iniciado por Ciudadanos desde las últimas elecciones generales.

Las acusaciones posteriores de “nacionalismo” a la formación, una cuyo capital político en Cataluña y gran parte de España ha estado monopolizado por su oposición a tan tóxico término, llevaron a algunos de sus afiliados y simpatizantes, como Luis Garicano, ha señalar que en ningún caso las palabras de Rivera podían calificarse como tales. Sólo como “patriotismo”, dado que no existía ánimo “supremacista”, “excluyente” o “esencialista”. El tuit de Garicano espoleó otro intenso debate.

Los tres últimos términos empleados por el economista cobran sentido si pensamos en el carácter reactivo de “España Ciudadana”. El lanzamiento de la plataforma ha coincidido con la elección de Quim Torra como presidente de la Generalitat de Catalunya. Torra es un conocido nacionalista catalán conservador que ha definido a los “españoles” como “bestias” fruto de un “bache en el ADN” en diversos artículos, trazando un cuadro xenófobo y radical de sus postulados independentistas.

La investidura de Torra ha representado el primer bache en el largo discurso soberanista catalán sobre “un sol poble” y el “derecho a decidir”, dos categorías de carácter democrático que sustituían la esencia nacional del proyecto independentista. En su caso también existía una necesidad de alejarse del término “nacionalista”, disputadísimo en muchos entornos del independentismo catalán, como la CUP o ERC, por sus connotaciones arcaicas y sustituido por un espectral “independentismo no nacionalismo” basado en un proyecto cívico común (y soberano) de Cataluña.

Durante el último año Ciudadanos y otros sectores del constitucionalismo español han respondido al relato independentista tildándolo de “racista” o “supremacista“, anclando su retórica a las clases pobres castellanoparlantes que abrumadoramente votan a partidos en contra del procés. De ahí que Garicano pusiera el acento en palabras como “excluyente” o “esencialista”: esa misma ha sido la base de su crítica al proyecto independentista. La “España Ciudadana” se construía así en contraposición al proyecto del soberanismo catalán, por lo que no podía ser “nacionalista”.

¿Pero lo es? Naturalmente, tanto el independentismo catalán como Ciudadanos reniegan del término. El nacionalismo está aún demasiado ligado a los espantosos acontecimientos que llevaron a Europa al borde del abismo. En España, de forma aún más particular, la palabra “nacionalismo” se asocia de forma indeleble a los partidos periféricos que plantean reivindicaciones autonomistas para Galicia, Cataluña o País Vasco, entre otras regiones. Los partidos nacionales son ajenos a ella.

“España Cuidadana” busca capitalizar una característica del electorado que, a tenor de las numerosas banderas que pueblan las calles desde el año pasado, cotiza al alza: la identidad nacional española. Según Rivera o Garicano, la exaltación de tan relevante coordenada política no implica que las ideas de Ciudadanos sean “nacionalistas”. Y dadas las trampas que el ecosistema español pone al debate sobre el “nacionalismo” (fuerzas de ámbito nacional vs. fuerzas periféricas + constitucionalismo vs. independentismo), es difícil resolver la cuestión.

De modo que lo más fácil es acudir a los especialistas. Historiadores y politólogos que durante el siglo XX elaboraron el corpus académico e intelectual sobre el nacionalismo y que lo definieron en función de diversas coordenadas. ¿Encaja la “España Ciudadana” y el discurso del pasado fin de semana de Rivera en su definición de “nacionalismo”? Veamos.

Según Gellner

Ernest Gellner es quizá el académico que más ha estudiado los fenómenos de “nación” y “nacionalismo”. Sus teorías han sido enormemente influyentes, si bien muy disputadas. Para Gellner, la existencia de una identidad nacional colectiva fue consecuente al nacimiento de las sociedades industriales y el alumbramiento del estado moderno. Cristalizadas en Nación y nacionalismo, sus ideas le otorgaban un carácter instrumental y necesario para la configuración de las sociedades (nacionales) post-agrarias. Si hay estado moderno debe haber nacionalismo.

Desde su punto de vista, la educación era la principal herramienta que argamasaba a la “nación” y, por ende, al “nacionalismo”. Una sincronía casi obligada entre la “unidad política” y la “unidad cultural”, y que explicaría la necesidad de homogeneizar étnicamente los estados.

El nacionalismo es una teoría política de legitimación que requiere que las fronteras étnicas no se crucen sobre las políticas (…) El nacionalismo es, esencialmente, la imposición general de una alta cultura en la sociedad, donde previamente las bajas culturas habían dominado las vidas de la mayoría, y en algunos casos de la totalidad, de la población (…) Significa una difusión generalizada de un idioma supervisado por la academia a través de la escuela, codificado para los requerimientos precisos de la comunicación burocrática y técnica. Es el establecimiento de una sociedad anónima e impersonal con individuos atomizados mutuamente sustituibles, aunados por encima de todo por una cultura compartida.

La definición de Gellner es amplia pero no es esencialista (no considera a la nación una constante pre-moderna, sino el fruto de un proceso histórico), pero desde este punto de vista Ciudadanos sí encajaría en la idea de un “partido nacionalista”, en tanto que su nueva plataforma e ideario busca la creación de una comunidad política y nacional afín dentro de los márgenes del estado español. Sin embargo, es complejo excluir a cualquier partido del ámbito nacional que sea siguiendo las pautas de Gellner, que aunaba el proyecto del estado moderno al del nacionalismo.

Según Smith

Anthony Smith es quizá el nombre de referencia a la hora de iniciar cualquier estudio sobre nacionalismo. Suya fue la diferenciación entre “nacionalismo cívico”, definido como aquel que se constituye en torno a un consenso social en torno a las leyes y las reglas, las obligaciones y los beneficios impuestos por un estado compartido, y el “nacionalismo étnico”, aquel que surge de la toma de conciencia en torno a una lengua, una cultura o un territorio común. Para Smith, todos los movimientos nacionalistas compartían elementos “cívicos” o “étnicos” en mayor o menor grado.

Smith dedicó algunas palabras a los nacionalistas en su clásico Los orígenes étnicos del Estado.

Quizá la cuestión central en nuestro entendimiento del nacionalismo es el rol del pasado en la creación del presente. Esta es ciertamente el área donde se han dado las más afiladas divisiones entre los teóricos del nacionalismo (…) Para los nacionalistas el rol del pasado es claro y aproblemático. La nación siempre estuvo ahí, es parte de un orden natural, incluso cuando quedó sumergida en los corazones de sus miembros. La tarea del nacionalista es recordar a sus compatriotas de su pasado glorioso, de tal modo que puedan recrear y revivir aquellas glorias.

(…) Los nacionalistas tienen un rol vital en la construcción de las naciones como arqueólogos políticos, redescubriendo y reinterpretando el pasado común de cara a regenerar la comunidad (…) Sus interpretaciones deben ser consonantes no sólo con las demandas ideológicas del nacionalismo, pero también con la evidencia científica y la resonancia popular.

De forma más precisa, Smith definió con brevedad el término en 2001:

Un movimiento ideológico para obtener y mantener la autonomía, la unidad, la identidad de una población que algunos de sus miembros desean constituir en una existente o potencial nación.

Smith considera que si bien las naciones son creaciones modernas, existen elementos étnicos y culturales pre-modernos que permitieron su surgimiento. Desde este punto de vista, el nacionalismo y la nación serían elementos hipotecados a un pasado, a una cultura y a una etnia común. Su visión choca con la de Gellner, centrada en la aparición del nacionalismo como una forma de aunar la identidad en las sociedades modernas tras el derrumbe del mundo agrario y estamental.

Según Breuilly

Los estudios de John Breuilly, sintetizados de forma emblemática en Nationalism and the State, se centran en el nacionalismo como una ideología reactiva, es decir, construida en oposición a un poder constituido. Al igual que Gellner, Breuilly juzga al nacionalismo de forma instrumental, como una herramienta capaz de construir una identidad común (en este caso, al margen del contexto cultural o de las afinidades étnicas) en torno a un proyecto político. En concreto:

El término nacionalismo se utiliza para referirnos a movimientos políticos buscando o ejerciendo el poder del estado y justificando sus acciones con argumentos nacionalistas. Un argumento nacionalista es una doctrina política construida sobre tres aserciones básicas: que existe una nación con un carácter explícito y peculiar; que los intereses y los valores de esta nación tienen prioridad sobre otros intereses y valores; y que la nación debe ser tan independiente como sea posible. Esto requiere generalmente de al menos la obtención de la soberanía política.

El nacionalismo, así, es una “fuerza política” surgida por las necesidades de la construcción del estado moderno. Tendría poca o ninguna relación con las realidades culturales o étnicas previas a la existencia de dicho estado y tendría cierto carácter maleable: “Los nacionalistas crean su propia ideología a partir de su propio sentido subjetivo de la cultura nacional”.

Ndera Espana Cataluna
(Gtres)

Según Hechter

Michael Hechter cuenta con un amplio bagaje académico en el estudio del nacionalismo. Su obra más conocida, Containing Nationalism, se adhiere a las teorías de Gellner y Breuilly en su interpretación política y por tanto moderna del nacionalismo. Herramienta aglutinante del estado centralizado y de la sociedad de clases surgida durante la industrialización, el nacionalismo de Hechter incluye hasta cuatro categorías (de construcción estatal, periférico, irredentista y de unificación) para sus diversas formas durante los últimos dos siglos.

En su visión, el nacionalismo es una “acción colectiva diseñada para conseguir que las fronteras de la nación sean congruentes con aquellas de la unidad de gobierno”. Hechter rechaza las tipologías maximalistas del nacionalismo (cívico vs. étnico) y considera que las formas en las que se da son específicas a cada situación. En el caso de Ciudadanos, la definición que más podría aproximarse a su ideología podría ser la del “state-building nationalism”, una que querría unificar las múltiples identidades de los estados multinacionales en una concreta y prevalente:

Es el nacionalismo personificado en el intento de asimilar o incorporar territorios culturalmente distintivos en un Estado cualquiera. Es el resultado de esfuerzos conscientes por parte de los gobernantes centrales para hacer de una población multicultural una culturalmente homogénea.

Sin embargo, las categorías planteadas por Hechter tienden a fijarse en procesos históricos de largo alcance mucho antes que en discursos políticos del presente. Consciente de ello, incluye una interesante mención al término “patriotismo”, el más utilizado de forma habitual por los políticos que, como Pablo Iglesias o Luis Garicano, desean exaltar las virtudes saludables de la identidad nacional sin caer en las trampas retóricas del nacionalismo. A este respecto opina Hechter:

Aunque el patriotismo (el deseo de elevar el prestigio y el poder del estado nación en relación a sus rivales en el escenario internacional) es habitualmente considerado como nacionalista, la presente definición descarta su uso. El patriotismo no es una forma de nacionalismo en absoluto, dado que aquí las fronteras de la nación y del gobierno son ya congruentes. Esta limitación no es, sin embargo, demasiado dañina. Dado que la pocos estados, si quiera alguno, califican como “estados-nación”, el patriotismo (tal y como se define en este libro) apenas existe. La mayor parte de lo que pasa como patriotismo en el habla común antepone implícitamente los intereses de una nación (N.d.T: entendida como nacionalidad) a los de otras en los estados multinacionales. En el contexto actual, tales actividades son ejemplos de nacionalismo de construcción estatal.

Según Hobsbawm

Quizá el historiador más admirado del siglo XX, Hobsbawm colocó al fenómeno del nacionalismo en una posición preferente en sus estudios. Lo hizo en varios trabajos, destacando Naciones y nacionalismo desde 1870 y el célebre La invención de la tradición, suscribiéndose en parte a las ideas de Gellner pero también revisándolas. Hobsbawm se adscribió a su definición del nacionalismo como “un principio que establece que la unidad política y nacional debe ser congruente”.

En sus palabras:

[A la definición de Gellner] Añadiría que este principio implica que el deber político de los Ruritanos a la política que abarca y representa la nación Ruritana está por encima de cualquier otra obligación pública, y en los casos más extremos (como las guerras) por encima de todas las demás obligaciones sean del tipo que sean. Esta implicación distingue entre el nacionalismo moderno y otras formas menos exigentes de identificación grupal nacional que podamos encontrar.

Ahora bien, sus trabajos exploraron tanto la construcción del nacionalismo desde arriba (como el elemento instrumental y aglutinador de las nuevas sociedades modernas dentro de un mismo estado, al modo de Gellner y Breuilly) y como un fenómeno que surge desde abajo, entre las comunidades que son objeto de la intensa nacionalización por parte de las élites y que asumen una cultura, un pasado, unas tradiciones y una identidad comunes. Aunque sean ficticias e inventadas, el lazo y la conexión entre las gentes de una nación son igualmente claves para su síntesis.

Para Hobsbawm, el nacionalismo como movimiento político tendría la misión de estrechar y reforzar las narrativas (las tradiciones inventadas) de unión nacional. Servirían como legitimadores de la unidad y la soberanía política de un cuerpo político (nacional), construirían la identidad nacional. Desde ese punto de vista, la plataforma “España Ciudadana” sí podría encajar en la definición de “nacionalismo”, en tanto que busca afianzar los nodos que forman la identidad nacional española.

Según Anderson

En este sentido, merece la pena añadir las teorías de Benedict Anderson. De forma muy singular, Anderson escribió una de las teorías más excitantes y atrevidas en torno al nacionalismo. Cristalizadas en Comunidades Imaginadas, un libro extremadamente influyente, Anderson definía a la nación como una “comunidad imaginada”, un espacio político definido y soberano donde sus miembros deben imaginar la existencia (y la convivencia en un proyecto común) de los demás miembros, en tanto que jamás llegarán a conocerlos en su totalidad.

De forma simple, un sevillano necesita imaginar que hay lucenses, cántabros, oscenses y castellonenses compartiendo una identidad común, la española. ¿De qué modo? Anderson dota de una importancia extraordinaria a los medios de comunicación modernos (prensa y revistas) que permitieron a los habitantes de muy dispersos y diversos lugares pensar la nación en su conjunto, aunque jamás hubieran salido de su aldea. Una “fraternidad” lo suficientemente potente, asumida desde abajo y fomentada desde arriba, para arribar a un proyecto nacional.

Es útil mencionar también las teorías sobre el “nacionalismo banal” de Michael Billig, la construcción mundana y diaria de la identidad nacional a través de elementos informales como los programas de televisión o los equipos de fútbol (o las redes sociales)). Ambos, y otros teóricos descritos más arriba, entienden el “nacionalismo” como el proyecto que apuntala y fomenta los vínculos que generan la identidad colectiva de una nación, y que la hipotecan a un proyecto donde el interés nacional prima.

El grado en el que esa “primacía” (en la retórica y las políticas) se ejecuta es lo que, en nuestro discurso político diario, nos lleva a pensar en un partido como “nacionalista” o no. En esencia, casi todos tienen elementos aglutinantes, asumen un proyecto común y una identidad (más o menos leve) compartida por la comunidad política concreta. Si acaso, lo que diferencia a un político nacionalista es un carácter más apologético de la nación como ente abstracto, un discurso donde el acento se coloca de forma explícita en los elementos formales del estado-nación.

La línea que separa a unos de otros es fina, y en ocasiones compleja de definir.


La noticia

¿Es Ciudadanos un partido nacionalista? Su discurso frente a las definiciones de los historiadores

fue publicada originalmente en

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por
Mohorte

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Source: Magnet. Noticias variadas.

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