Hace unos días comentaba con una compañera de librería lo curioso de las contradicciones que se dan en la relación librero-cliente, ese famoso “ni contigo ni sin ti” que en mi caso llena de anécdotas mi cuenta de Twitter (red social que utilizo como desahogo y con una clara intención de ahorrarme la sesión terapéutica en un psicólogo). Cierto es que esa relación amor-odio se da en cualquier trabajo de cara al público, pero sin duda alguna en las librerías toma un cariz muy peculiar.

Todo tiene su origen, por supuesto, en las tareas del librero. Sé que más de uno piensa que nuestro trabajo consiste en sentarnos detrás del mostrador y esperar a que lleguen los clientes, leyendo mientras tanto un libro con una música relajante de fondo. A lo sumo, algunos creen que nuestro máximo ajetreo tiene lugar durante las presentaciones de libros, mientras dejamos que el autor hable y repartimos vino o café entre el público. Amigos, quién pudiera llevar semejante vida. El librero en su día a día, por desgracia, tiene que recibir la mercancía de las distribuidoras, dar entrada a los títulos en la base de datos y colocar los libros (a veces, dependiendo del establecimiento, uno piensa que más que Filología o Historia hubiera sido más rentable estudiar una ingeniería o Arquitectura, para colocar esas enormes cajas de libros en sus correspondientes secciones. Eso o ser campeón mundial del Tetris, claro). Quietos parados, que esto no termina aquí: también tiene que atender a los comerciales y autores locales, chequear el fondo de la librería, mantener el orden en ella,limpiar el polvo, preparar las devoluciones a las distribuidoras, gestionar los pedidos, atender a los clientes, asesorarles, cobrar, envolver los regalos y vigilar que no se produzcan robos. Y seguro que me dejo algo. Es por esto que el librero, con cierto espíritu muy de ratón de biblioteca o de archivero, tiene un mundo ideal imaginario en el que se ve trabajando en la librería sin tener que atender constantemente a sus usuarios.

Llegados a este punto, sí, lo admito: somos seguramente un poquito huraños. Y aunque necesitamos a los clientes para sobrevivir (no olvidamos que vivimos de vender historias), no voy a negar que cuando llevamos encima una pila de libros y escuchamos un “¿Dónde están las guías de viaje?” casi siempre desearíamos gritar de la desesperación. Hay por supuesto personas que nos alegran la mañana con su presencia. Y si queréis ser una de ellas, hacer de vuestra visita a una librería algo agradable para vosotros y para el librero, os puedo dar una serie de directrices para que todo acabe siendo un rotundo éxito.

Una sonrisa y un “buenos días/tardes” nos suelen gustar. Nada de gritarnos desde la puerta para llamar la atención. Y que nadie nos chiste, por favor, que no somos gallinas. Lo de tocarnos o agarrarnos del brazo queda terminantemente prohibido. Y qué es eso de alargar el cuello para meter la cabeza entre el ordenador y nosotros: mal, fatal. Necesitamos nuestro espacio para hacer el trabajo, esto que se os quede bien grabado a fuego.

Hay dos ideas preconcebidas que nos hacen mucho daño. La primera es esa de que en una librería se pueden encontrar todos los textos publicados desde las tablillas de Uruk. Me temo que no es así, queridos míos. En primer lugar, porque el mercado es cruel como pocos y la descatalogación cada vez es más rápida. En segundo porque los libros, sé que esto puede ser una sorpresa, se venden. Si un libro tiene éxito, se agota. Si un título es un clásico de la literatura del que disponemos de un ejemplar, pues es más que factible que se venda y que tarde un poquito en reponerse.

La otra idea es esa de que un librero lo sabe todo. Pues mire usted, saber sabemos, pero hasta cierto punto. Los libreros sabemos dónde buscar lo que desconocemos (ahí está nuestro truco), pero no podemos abarcar todo. Si yo supiera todo sobre nóminas, mindfulness, la dieta de los ocho días, la cocina vegana, el bolsón de Higgs, el AutoCAD, los secretos del club Bilderberg, la teoría pragmática de William James, la filosofía analítica o tuviera en mi poder el Necronomicón de verdad, estaría seguramente dominando el mundo y no cambiando libros de sitio para hacer hueco a otros. ¿Que a qué viene todo este rollo? Pues a que, si no encontráis en una librería el libro que estáis buscando, por favor, no pongáis en duda la profesionalidad del librero o del establecimiento con un “cómo no podéis tener…” Qué más quisiéramos nosotros que poder atender las peticiones de todos los clientes como desearíamos: con un enorme “sí” y una sonrisa a cada demanda.

Una regla de oro que hay que seguir al pie de la letra con nosotros es no interrumpirnos si estamos atendiendo a otro cliente, especialmente con malos modos. Y, de verdad, nada de decirnos que se tiene prisa: somos gente malvada, seguramente aprovecharemos mentalmente como excusa la mala educación del cliente para tardar más.

Las nuevas tecnologías nos dan algún que otro quebradero de cabeza. Odio cuando un cliente me pone la pantalla del móvil a un milímetro de la cara para que lea un título o vea una foto sin haber abierto la boca, por ejemplo. Y mejor no hablo de lo que opino de esas personas que no dejan de hablar por el teléfono mientras están siendo atendidas. Hay mucha gente que piensa que nuestras bases de datos están sacadas de Minority Report de Spielberg: “¿Y si buscas en el ordenador en vez de por título o autor por temática? Pon bailes regionales de los Balcanes, a ver qué sale”. “Haz la búsqueda por número de páginas, que era un libro de más de mil.” “¿Y no puedes hacer la búsqueda por color de portadas?” Para qué añadir más, si es tontería.

Si habéis llegado hasta aquí, seguramente os habréis dado cuenta de que los libreros somos seres maniáticos. Y no sabéis hasta qué punto cuando hablamos del orden de la librería. Todo tiene que estar en perfecto estado cuando la recorremos con la mirada. Toleramos muy, muy mal el desorden. Hay cosas de los clientes sobre este asunto que nunca dejarán de sorprendernos. ¿Por qué se le da la vuelta a un título de una mesa para leer la sinopsis y se deja del revés y así hasta que no queda ninguna portada a la vista? ¿Qué es eso de dejar los libros en horizontal en las estanterías, sobre las hileras de libros, cuando hay un hueco perfecto del que se han sacado? ¿Por qué se cae un libro y no se recoge? ¿Por qué se abren los libros sin pedir permiso y se dejan los plásticos por cualquier lado tirados o escondidos? Llevo once años en esta profesión y seguramente jamás encontraré las respuestas.

Pero no todo son peros, rarezas y extravagancias. Nos encantan los niños que adoran leer, las abuelas fans de Agatha Christie; los clientes que nos sonríen, los que nos dan las gracias. Las personas que soportan con paciencia la espera y nuestro estrés cuando hay mucho trabajo y saben disculparnos en los malos momentos. Echamos un poco de menos la emoción de los chavales que venían como locos el día que salía el nuevo libro de Harry Potter. Adoramos a la gente que nos viene a decir que le encantó un libro que le recomendamos y que nos perdona que nosotros no seamos capaces de reconocerla entre tantos clientes que atendemos. Nos encanta, a pesar de que gruñamos, que entréis en las librerías; que os dejéis recomendar, que nos deis conversación. Que nadie nunca olvide que podemos ser ariscos, maniáticos y a veces arrogantes porque en el fondo, como nuestros clientes, somos humanos.

Nos vemos en las librerías, siempre.


Libreros, manual de uso was originally published in Papel en Blanco on Medium, where people are continuing the conversation by highlighting and responding to this story.

Source: Papel en blanco. Reseñas literarias.

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