Hagamos un poco de historia…, a mi manera.

Las viejas calles de Estambul han visto una cantidad desorbitada de cosas. Por supuesto, nada como el resurgir de un Primigenio, pero para comprender porque la llamo la ciudad de los supervivientes, no estaría mal hacer un repaso de su historia. Pero eso si…, a mi manera.

Antes de llegar a llamarse Estambul esta ciudad tuvo varios nombres y Bizancio, fue el nombre original de la ciudad. La establecieron unos colonos griegos provenientes de Megara en referencia a su rey llamado Byzas. Bizancio es una transliteración del nombre de su rey. Como se puede observar, estos chicos eran unos innovadores natos (o unos incomprendidos que es lo que siempre dicen los artistas).

Lo azaroso de la historia de esta ciudad, convulsa a más no poder, hizo que los bizantinos acabasen en manos de los persas: todos tenemos descuidos así que no seáis severos con ellos. Los Persas hicieron lo que mejor se les sabían hacer que era ocupar y destruir. Sin embargo, luego fue recuperada por el espartano Pausanias que comenzó a reconstruirla. ¡Para que luego digan que los de Esparta eran unos burros, como nos los pintan en el cine! Bueno, eran unos burros, pero en el cine siempre exageran algo más. Tiempo después, Esparta tuvo que pelear contra los atenienses (rencillas tontas de esas), que acabaron tomando la ciudad posteriormente, luego fueron expulsados y para darle más giros que en una telenovela venezolana, luego los espartanos la volvieron a tomar.

La vida es así de extraña.

Más tarde, la futura Estambul, estuvo en manos de los macedonios durante el reinado de Alejandro magno y fue una ciudad independiente, hasta que los celtas conquistaron Tracia. Que para eso eran celtas y eran tan burros o más que los espartanos. Lógicamente los celtas no eran tontos, así que obligaron a Bizancio a pagar un tributo.

Y luego, por supuesto…, llego Roma.

Roma la nombro aliada y ciudad libre, lo cual fue de agradecer por su parte amén de civilizado. Aunque posteriormente pasó a ser posesión de la República… Eso, ya no lo era tanto. Cuatro años después, la ciudad quedo en mitad de una disputa entre el Emperador romano Septimio Severo y Pescenio Niger. Los bizantinos tomaron partido por Pescenio. Los pobres bizantinos se equivocaron a base de bien.

Severo se sintió dolido. Que no le elijan a uno es como cuando estás en el cole y nadie te quiera en su equipo de futbol porque eres un paquete. Severo tenía muy mala baba y como represalia, sintió la imperiosa necesidad de sitiar a la ciudad de los partidarios de Niger. Como no era un emperador muy paciente, solo tardo tres años en rendir la ciudad a sus pies -espero que se los hubiese lavado, que tres años son muchos esperando-. Las hasta en ese momento inexpugnables murallas de la ciudad, fueron arrasadas y se hizo lo que se suele hacer en estos casos. Saquear, saquear y saquear. Ah, y violar. No nos olvidemos de violar, que esta gente no lo entendía de otra forma.

El emperador Septimio Severo convirtió a Bizancio en poco más que una barriada, perdiendo el estatus de ciudad independiente. Después y dándose cuenta de su estupidez (hasta los emperadores tienen derecho a serlo), decidió construir otra ciudad y ya puestos, que fuese el doble de grande. Total, como nos sobra la pasta… La reconstrucción se hizo sobre “siete colinas”, a imagen de Roma y como a los emperadores les encanta fundar ciudades…, Bizancio, fue fundada por segunda vez.

Ciento treinta y seis años después, Bizancio atrajo la mirada del emperador Constantino I el Grande. ¿Quién no lo haría? Cualquiera podía ver la importancia de su ubicación estratégica. ¿Y que he dicho sobre los emperadores? Exacto. Que tienen una misteriosa afición por fundar cosas que ya están fundadas. Debe de ser algo congénito. Así pues, el Emperador nombró a la antigua Bizancio como Constantinópolis en su honor y la convirtió en capital del Imperio Romano. ¡Y se quedó tan pancho, oiga! Sesenta y cinco años más tarde, el Imperio se dividió y nació el Imperio Romano de Oriente, al que los historiadores llamaron el Imperio Bizantino. Dada la posición geográfica de la ciudad, esta floreció al ser capaz de controlar la ruta entre Asia y Europa, así como el acceso al Mar Negro.

Con el primer periodo de esplendor Bizantino, nació la iglesia de Santa Sofía que mandó construir el emperador Justiniano I. Aunque es justo decir que ya había habido dos Santa Sofía anteriores y que acabaron incendiadas. Seguramente no eran tan bonitas y no estaban contentos con ellas y como se suele decir: a la tercera va la vencida. Luego la ciudad decayó durante todo un siglo, y volvió a alzarse durante otro con el Cisma de Oriente, para luego caer en la decadencia más soporífera. Entonces llegarían las cruzadas, la división en varios estados y un enemigo que no les daba tregua: los turcos. No obstante, y a pesar de tanto zarandeo, la ciudad mantendría su importancia como centro cultural y comercial del Mediterráneo.

El último emperador bizantino fue Constantino XI, quien murió en la defensa de la ciudad ante el empuje del asedio turco. Por culpa de su avaricia perdió la ciudad, y curiosamente también la cabeza, en plena batalla. Aunque parezca imposible dada la fama de la fortaleza de sus murallas, el asedio de Mehmed II tardo poco más de dos meses en rendirla. Cosa que no habría pasado si al ínclito Constantino, no le hubiera dado por pedir una renta anual, para mantener a un príncipe otomano como rehén. Esas cosas molestan porque son de mala educación. Y claro, a Mehmed no le quedó otra que quedarse con Constantinopla, a pesar de que prometió no tomarla al obtener su puesto. Como podéis observar, una nimia afrenta hizo de la caída de Constantinopla, algo inevitable.

Siempre son los pequeños detalles los que ocasionan los más grandes estropicios. Creedme. ¡Siempre!

Fue tal el impacto que produjo la conquista turca de esta ciudad -para Europa y la cristiandad-, que con su caída, los historiadores consideraron finiquitada la Edad Media y al Imperio romano de Oriente. Sin embargo, el ímpetu arrollador del sultán Mehmed II dio sus frutos. ¡Acabó conquistando el resto del imperio Bizantino, con un par! Con el tiempo el llamado imperio Otomano se asentó, siendo en todo momento Constantinopla la capital. El imperio llego a expandirse tanto que sus tierras se extendían por tres continentes. Pese a sus innumerables guerras aledañas e internas, en los que también hubo sus tiempos de paz y florecimiento, el imperio Otomano gobernó Constantinopla sin nuevas refundaciones (ya sería la repera), hasta su disolución. Curiosamente esto sucedió menos de un mes después, de los sucesos acaecidos en el evento de Arkham de 1922.

Como es obvio los otomanos cambiaron todo lo cristiano ortodoxo por el islamismo, provocando una profunda permuta cultural. De ahí que Hagia Sofía fuese convertida en una mezquita como algunas otras iglesias de la ciudad y que cada nuevo sultán, tuviese la original idea de construir más mezquitas. Es lógico. A los que mandan, les gusta ponerlo todo a su gusto. Desde tiempos recientes para nuestra historia, a Constantinopla se la conoce más como Estambul, aunque este aún no es su nombre oficial. Pero cuando el rio suena…, refundación llega.

Gracias por leer esta histórico-cómica entrada.

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